Las variedades de la uva son muchas, muchísimas (vea el "Glosario
Internacional de Cepas"). Algunas difundidas en todo el
mundo, generalmente de origen francés, italiano o español,
y otras propias de cada zona, como la Zinfadel en California
o el Torrontés riojano en Argentina; como en el caso de la
Criolla implantada por los misioneros españoles, o importadas,
como las "francesas" (que probablemente fueran en origen en
su gran mayoría de la variedad Malbec).
Esta denominación, durante muchos años, designó en la provincia
de Mendoza a toda uva que no fuera Criolla. Son estas importadas
las que, por lo general, constituyen el universo de las uvas
de calidad que producen los vinos finos. Algunas veces, como
en el caso de la Malbec, su traslado produce transformaciones
profundas, que las convierten en una materia sustancialmente
diferente a la original.
Esto, en realidad, sucede con todas las variedades, puesto
que la influencia del medio es determinante en ellas. Por
lo tanto resulta virtualmente imposible establecer paralelos
estrictos entre vinos elaborados con variedades similares
en distintos lugares del mundo.