Dificultades del comercio
En la época colonial el vino cuyano que se enviaba a los pueblos
vecinos debía ser preparado para resistir las altas temperaturas
y el largo viaje, el líquido se mezclaba con un cocido proveniente
de mosto recalentado, probablemente algo parecido al actual
mosto concentrado, que también podía ser alcoholizado; era
colocado en recipientes de barro cocido, protegidos por totora
entretejida, odres de cuero impermeabilizado con brea o barriles
de madera.
El
transporte se hacía en recuas de mulas, en las que llevaban
un recipiente a cada lado. Ocho o diez cargueros constituían
una recua; cuando había más de seis se las dividía en "retazos"
y para lograr que las mulas prosiguieran sin dispersarse,
eran alentadas y guiadas por el cencerro de una madrina. En
épocas posteriores se utilizó el carro, tirado por cinco mulas,
"una en las varas, dos laderas y dos cuadreras. El carrero
ensilla la ladera izquierda y conduce desde allí. Se aprieta
fuertemente la cintura con una faja de lana para resistir
la fatiga de diez o más horas de jornada y proteger los riñones,
a los cuales afecta el, paso peculiar de la mula.
Sobre la faja usa cinturón común, para la vaina del cuchillo,
que lleva a la espalda. Viste bombachas largas y ampulosas,
alpargatas, espuelas lloronas con alzaprima o sin ella y látigo
de cabo corto y múltiples tientos unidos por argollas" (Zelmira
Garrigus. La vieja casona). Las caravanas de mulas o carretas
no siempre llegaban indemnes a destino, a menudo fueron víctimas,
unas veces de los saqueos de los caudillos y montoneras, otras
de las depredaciones de los indios que dominaban el desierto.
Quienes por sus pocos recursos tenían dificultades para reunir
más de dos o tres piaras, se unían a su vez con otros arrieros
para compartir los riesgos y dificultades de los viajes.
El creciente florecimiento de la industria vitivinícola cuyana
se enfrentó desde un comienzo a las aspiraciones monopolistas
de la metrópolis cuyos comerciantes trataron de ahogar una
competencia atentatoria contra sus intereses. Monarcas como
Felipe II y Felipe IV produjeron cédulas restrictivas, tratando
de impedir la prosecución de los cultivos coloniales como
el medio más eficiente para defender los vinos de España.
Burladas las disposiciones reales, siguieron extendiéndose
los viñedos y creciendo la elaboración clandestina, de modo
tal que el vino criollo se desparramó por todo el territorio
del Virreinato.
Apeló entonces la metrópolis al expediente de los impuestos
prohibitivos; pero ante la imposibilidad de una estricta vigilancia
y el contrapeso de los intereses, los delegados del gobierno
central se vieron obligados a hacer la vista gorda sobre el
cumplimiento estricto de la reglamentación. Contribuyó en
gran parte a esta tolerancia fiscal el petitorio al monarca,
elevado por el Consejo de Justicia de la provincia de Mendoza,
que hacía reflexiones sobre lo abrumador de nuevos gravámenes
superpuestos a las gabelas ya impuestas por los Cabildos de
Córdoba y Buenos Aires a los vinos y aguardientes de procedencia
cuyana.